Otro [fragmento de 1966 de “Diario (1953-1969)”, de Witold Gombrowicz]

 

 

Este libro, la Divina Comedia, que sigue frente a mí en la mesa está a una distancia de seiscientos años.

¿Qué debe ser para mí el pasado del género humano? Me encuentro sobre una inmensa montaña de cadáveres: todos aquellos que ya pasaron. ¿Sobre qué me encuentro, pues? ¿Qué es esa masa por debajo de mí, ese hervidero de existencias concluidas fuera de mí?

¿Debo buscar en el pasado a los hombres o sólo cierta dialéctica abstracta del desarrollo?

Lo que de entrada salta a la vista es que del pasado sólo consiguen llegar hasta mí los hombres más importantes. En la Historia hay que llegar a ser para quedarse… Todos los cementerios de la Grecia antigua se reducen a unos centenares e personas como Alejandro, Solón, Pericles… Y de la Florencia medieval, ¿cuántos han quedado aparte de Dante?

En la gran parada de todos los muertos del mundo no reconocería a nadie aparte de los Grandes. Me gusta la aritmética, de algún modo me posiciona frente a los problemas. ¿Cuánta gente muere diariamente? ¿Doscientos, trescientos mil? Cada día un ejército entero, unas veinte divisiones van a la tumba. No sé, no conozco, no estoy au courant…, nada…, nada…, todo está fuera de mí. ¡La discreción de la muerte (pero también la discreción de la enfermedad)! Alguien que no supiera que en este mundo se muere podría estar paseando durante años por nuestras calles, caminos, parques, campos, plazas, antes de descubrir que semejante fenómeno tiene lugar realmente. También entre los animales la discreción es asombrosa. ¿Cómo se las arreglan, por ejemplo, los pájaros para que nadie sepa que han muerto? Los bosques, las florestas, deberían estar sembrados de ellos, y, sin embargo, puedes pasear kilómetros y kilómetros y casi nunca encontrarás ni el más diminuto esqueleto. ¿Cómo se esfuman? ¿Dónde desaparecen? No hay en los bosques suficientes hormigas o roedores que puedan con todos.

La muerte es universal, vaga, difuminadora.

¿Y yo? ¿Yo en estas condiciones? ¿Yo con mis necesidades, las necesidades de mi yo? Cuanto menos me oriento entre esas multitudes de los cementerios, tanto más me aferro a los Grandes. A estos los conozco personalmente. La Historia son ellos. Ningún revoltijo hecho de migajas me los puede sustituir.

Pero ¿mi actitud hacia ellos es suficientemente personal?

Atribuyo una gran importancia personal a esta pregunta.

La Divina Comedia no me basta. Lo que busco en ella es a Dante. Pero no lo encuentro, porque el Dante que me ha sido transmitido por la historia es justamente el autor de la Divina Comedia. Estos grandes hombres ya no son hombres, son únicamente sus logros.

Pero lo que resulta más irritante es que incluso nuestra actitud ante esos logros ha sido totalmente desvirtuada. Porque en la escuela, en casa, sólo nos han enseñado respeto y adoración, mientras que nuestra actitud ante los Grandes es ambigua: es verdad que yo los admiro y me doblego ante ellos, pero también los trato con conmiseración y desdén. Soy inferior porque ellos son Grandes. Pero soy superior porque nací más tarde, en un estado de evolución más elevado.

Esta segunda actitud, que yo llamaría “brutal” o “directa”, no se estila. Sólo somos capaces de abordar al creador y la obra en su perspectiva y alcance históricos. Veamos qué resultados daría abordarlos de un modo directo. ¿Puedo yo, con mi imaginación de hoy, embelesarme de verdad con los productos de la imaginación casi campesina, apenas despertada, de Dante? Los tormentos de sus condenados son tan vulgares, e inconsistentes, y parlanchines. Esos discursos pronunciados entre una y otra tortura… Esas situaciones, siempre las mismas, que se repiten con una fastidiosa monotonía (pero si quisiera enfocar la obra en su perspectiva histórica, tendría que decir que por ser un poema del siglo XIV esas situaciones son ricas y están llenas de imaginación), mientras que la Temporalidad irrumpe in crudo en la Eternidad, con sus problemas políticos y de otra índole. Además el autor no siente el pecado, sus pecados no tienen fuerza, son más bien la trasgresión de un reglamento, si tientan ni repugnan.

¡Cuántas cosas por el estilo se podrían decir todavía para demostrar que es una obra simple, mediocre, aburrida, pobre! De ahí una conclusión melancólica: que por más que me esforzase nunca podría llegar a este hombre a través de su obra. Puesto que, abordado desde la Historia, se me aparece sólo como un gran logro histórico. Pero cuando intento asirlo brutal y directamente, pasando por alto el tiempo, ¡su Divina Comedia no vale un comino!

¿Así que el pasado tiene que ser para mí únicamente un agujero? ¿Sin hombres reales?

 

 

*   *   *

 

Vuelvo al terceto que he rehecho:

 

Por mí se va a la ciudad doliente

Por mí se va al eterno dolor

Por mí se va a la perdida gente…

 

He aquí la continuación de la inscripción infernal:

 

La justicia inspiró a mi creador

Hízome la Divina Potestad

La Suma Sabiduría y el Supremo Amor.

 

Y de pronto… ¡una conmoción!

¡¿Cómo!?

¡¿Cómo se atrevió!?

¡Es monstruoso!

¡E infame!

Sólo ahora lo veo: es el poema más monstruoso de la literatura mundial, un poema que página tras página desgrana una letanía de tormentos, un registro de torturas. “El Supremo Amor…” Es justamente ese “Supremo Amor” lo que de pronto pone en evidencia la monstruosidad de toda la empresa. Y también su ruindad. Si se tratara del Purgatorio estaría de acuerdo…; aunque esos pecados exigieran una condena tan satánica, a lo lejos se vislumbraría el resplandor de la Salvación. Pero ¿el Infierno?

El Infierno no es un castigo. El castigo lleva a la purificación, encierra su propio fin. El Infierno es una tortura para toda la eternidad, y el condenado, dentro de diez millones de años, deberá gritar de dolor igual que en este momento, para él nada cambiará jamás. Esto es imposible de admitir. Nuestro sentido de la justicia no lo soporta.

Y él escribe tranquilamente en la puerta del Infierno: “Hízome el Supremo Amor.”

Cómo explicarlo a no ser que escribiera por miedo o por bajeza, ¡para agradar…! Horrorizado, temblando de pavor, se decide a rendir el supremo homenaje al supremo terror llamando el supremo amor a la suprema crueldad. Jamás la palabra “amor” fue utilizada de manera más descaradamente paradójica. Ninguna palabra del lenguaje humano fue nunca utilizada de manera más descaradamente perversa. Y esta palabra es justamente la más sagrada, la más querida de todas. Nos cae de las manos el libro infame y nuestros labios heridos musitan: no tenía derecho…

Vuelvo a coger el libro vergonzoso, recorro con la vista el poema entero, sí, es innegable, todo este desolladero infernal desprende el incienso del Supremo Amor, Dante acepta el Infierno, lo aprueba, es más, ¡lo adora! ¿Cómo es posible? ¿Qué habrá pasado para que una obra hasta tal punto depravada por el más salvaje de los miedos, tan servil, tan contraria al sentimiento más esencial de la justicia humana, haya podido convertirse a lo largo de los siglos en un Libro Edificante, en el más venerado de los poemas?

Católicos…, al fin y al cabo, la Divina Comedia es vuestra…, ¿cómo lo habéis podido asumir?

El hombre, según la doctrina de la Iglesia, fue creado a imagen y semejanza de Dios.

Así, lo que es contrario a nuestro más profundo sentido de justicia no podrá ser justo ni en este mundo ni en el otro.

Un artista católico no puede escribir en contra de sí mismo. Toda la Divina Comedia se encuentra en estado de pecado mortal.

Y el mundo católico la adora.

 

 

Witold Gombrowicz, Diario (1953-1969), Seix Barral (2005). Traducción de Bożena Zaboklicka y Francesc Miravitlles.

 

 

 

 

5 comentarios

  1. Ah, poeta maldito, que no te basta con conocer a los hombres de tu tiempo, a los que te rodean de cerca o de lejos, y quieres adentrarte en ese agujero de las tinieblas y rescatarlos del dolor de su vida para conocerlos, ya otros antes que tú los han conocido, sus contemporáneos…,
    Ahora tú vive tu tiempo, el que te ha tocado vivir…

    A mí me sucede parecido, David, cuando algo me gusta muchomucho quiero saberlo todo sobre el autor y la historia siempre me ofrece muy poco, cuanto más lejano menos datos…
    ¿Qué pasará con nuestra generación, con tantos datos virtuales como van quedando?

    Ahora que sé que ese espacio en blanco de tus poemas son cascadas de silencio de música…, o de ritmo, como tú lo has llamado me gustan más .

    Un abrazo.

  2. Ah, que sé que el texto es de W. Gombrowicz… , a quien por cierto nunca he leído…., pero cuando alguien escoge un determinado texto y lo copia será por algo…, por eso te he comentado.

  3. Hola, Alfaro:
    Hace años que doy vueltas a una pregunta que Baudelaire se hizo por escrito (parafraseo): ¿No es acaso el hombre siempre el mismo en todas las épocas?
    Gombrowicz… Varios motivos, uno es que hay gente que, equivocadamente, lo tiene por un “escritor de derechas”; otros más importantes para mí: me gusta mucho su forma de pensar utilizando categorías simples como lo maduro / lo inmaduro, la Forma… Su aparente espíritu de contradición… Su compromiso consigo mismo… No le he leído todo, pero, por ejemplo, Ivone, princesa de Borgoña (teatro) y Bakakai (relatos) y su Diario son extraordinarios.
    Y gracias… En realidad esto es como un cuaderno en el que pruebo cosas, mezclo unas y otras…
    Un abrazo.

  4. Puede que el hombre sea único en todas las épocas…, pero las luces van girando y cambiando sus tonos, y esas distintas tonalidades en apariencia nos hacen distintos, pero en lo esencial…

    Los esclavos de ayer, los esclavos de hoy,los mismos;
    el amo de ayer y el amo de hoy son el mismo pero han cambiado el traje y el discurso, tenemos palabras nuevas para designar “novedades”, ¿tenemos sentimientos nuevos o pasiones nuevas o seguimos siendo igual de primarios? ahora bucearemos en la palabra y lo descubriremos, simplificaremos lo complejo y lo veremos mejor…

    Me quedo con la frase final: dime peregrino, cómo llegar hasta ti…
    Es importante, derecha, izquierda, neutros no hay, progresistas, carcas, jodidos y los que joden…cuesta desprendernos de algunas palabras… de algunos conceptos y ver al Hombre, con sus mierdas y aceptarlo o quemarlo… Yo lo salvo siempre con todas sus m…

  5. Gombrowicz se hizo su propio lenguaje y con él pensó y buscó al Hombre. Lo que otros pensadores más cercanos a la ciencia intentaban con un lenguaje científico, él lo intentó con su propio lenguaje, desde el arte; subrayo sobre todo lo del lenguaje propio, y lo que él apunta en el primero de estos tres textos: “No somos nosotros quienes decimos las palabras sino que son las palabras las que nos dicen a nosotros.” Su lenguaje es simple y subversivo, potencialmente democrático, busca al Hombre tras los lenguajes y las formas, lo real tras la realidad, y lo hace, irónicamente, sin elitismo.
    Por ejemplo, en estos dos fragmentos sobre Dante, está viéndoselas con lo que los pensadores más científicos –los objetivistas, dice él- denominan episteme (http://es.wikipedia.org/wiki/Episteme), pero él lo hace de otra manera.

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