Un fragmento de 1966 de “Diario (1953-1969)”, de Witold Gombrowicz

 

El problema de la Forma, el hombre como productor de la forma, el hombre como esclavo de las formas, la concepción de la Forma Interhumana como fuerza creadora suprema, el hombre inauténtico: siempre he escrito sobre eso, siempre me he preocupado por eso, siempre lo he puesto en evidencia; pues bien, sustituid “forma” por “estructuralismo” y me veréis en el centro de la problemática intelectual francesa actual. Y es que Ferdydurke, Cosmos, no tratan de otra cosa sino justamente de la tiranía de las formas, del juego de las estructuras. En El casamiento está expresado con claridad: “No somos nosotros quienes decimos las palabras sino que son las palabras las que nos dicen a nosotros.”

¿Por qué, entonces, entre ellos y yo, esta antipatía… como si ellos, dándome la espalda, se encaminaran hacia otra dirección…? Sus obras –sea el nouveau roman français o su sociología, su lingüística o su crítica literaria- se caracteriza por una tendencia espiritual que a mí me parece francamente desagradable, irritante, incorrecta, poco práctica, ineficaz… Seguramente lo que más nos separa es que ellos pertenecen al mundo de la ciencia y yo al del arte. Desprenden tufillo a universidad. Esa pedantería suya, consciente y pertinaz. Su actitud profesoral, mordacidad, aburrimiento obstinado, insociabilidad, orgullo intelectual, severidad… Sus maneras me chocan, su lenguaje es demasiado altisonante… Pero esto no es todo. Hay una razón más profunda para esta discordia entre nosotros. Así como yo quiero ser relajado, ellos son crispados, rígidos, tensos y obcecados… y así como yo tiendo “hacia mí”, ellos, desde hace tiempo, respiran deseo de autodestrucción, quieren salir de sí mismos. El objeto. El objetivismo. Una especie de ascesis, casi medieval. Una supuesta “pureza” que les atrae hacia la deshumanización. Pero ese objetivismo suyo no es frío (aunque quisiera ser gélido), esconde un aguijón de intención agresiva, provocativa, sí, es una provocación. Y con cierto asombro saludo a esta nomenclatura (que parecía enterrada para siempre) a menudo próxima a la astrología, la cábala, la magia, pero belicosa, llena de espíritu de contradicción, y es para mí como si la muerte renaciera…

Ahora bien, para mí toda tentativa del hombre de salirse de sí mismo –da igual que se trate de estética pura, de estructuralismo puro, de religión o de marxismo- es una ingenuidad condenada al fracaso. Es una especie de misticismo propio de mártir. Y esa tendencia hacia la deshumanización (que yo mismo practico) tiene que estar necesariamente acompañada por la tendencia a la humanización , ya que de lo contrario la realidad se desmorona como un castillo de naipes y se corre el peligro de ahogarse en un verbalismo irreal. ¡No, las fórmulas no bastan! Vuestras construcciones, esos edificios vuestros, permanecerán vacíos hasta que alguien los habite. Cuanto más el hombre se vuelve para vosotros inasible, inalcanzable, abismal, sumergido, en otros elementos, prisionero de las formas, articulado, por decirlo así, no con la propia boca, tanto más urgente, apremiante se vuelve la presencia del hombre corriente, tal como lo conocemos de nuestra experiencia cotidiana y de nuestro sentir cotidiano, es decir el hombre de la calle, del café, el hombre concreto. El hecho de alcanzar los confines de lo humano tiene que ser equilibrado de inmediato por una precipitada retirada a la humanidad normal y a la mediocridad humana. Uno puede sumergirse en el abismo humano, pero a condición de volver de nuevo a la superficie.

Si me pidieran una definición los más profunda y dura posible de ese alguien que a mi entender debería habitar en esas estructuras y construcciones, diría sencillamente que es el Dolor. Ya que la realidad es aquello que opone resistencia, es decir aquello que duele. Y el hombre real es aquel que siente dolor.

A pesar de todo lo que nos puedan contar, existe en toda la extensión el Universo, en todo el espacio del Ser, un único elemento atroz, imposible, inaceptable, una única cosa que nos es real y absolutamente contraria y que nos aplasta: el dolor. En él y únicamente en él se asienta toda la dinámica de la existencia. Suprimid el dolor y el mundo se volverá indiferente…

Bien. Tal vez sea algo demasiado serio para filosofar sobre ello… Verdaderamente amenazador. Pero quisiera señalar que para estos pensadores (y también para otros) el mundo sigue siendo, a pesar de todo, un campo de especulaciones cerebrales más bien tranquilas, si no olímpicas. Todos estos análisis demuestran buena salud en la medida en que, como se ve, son producidos por profesores bien tratados por la vida y confortablemente apoltronados. Lo que está en la base de ese incansable puzzle intelectual es una subestimación totalmente infantil del dolor. Si ya la libertad sartriana no siente dolor, no lo teme lo suficiente, los objetivismos actuales dan la sensación de haber sido concebidos en un estado de anestesia.

Destaquemos las contradicciones de este razonamiento. Y es que yo postulo el hombre “relajado” y “normal” y, al mismo tiempo, el hombre penetrado por el dolor. La contradicción es sólo aparente.

 

 

 

Witold Gombrowicz, Diario (1953-1969), Seix Barral (2005). Traducción de Bożena Zaboklicka y Francesc Miravitlles. 

 

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