Escándalos y brindis – Inertia Satanas

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El reciente escándalo del tipo este de la Fórmula 1 al que han pillado en una orgía de fantasía sado-nazi, me ha traído a la cabeza este texto que le gustó a Safrika y publiqué hace meses en el blog de Resaca / Hank Over con un brindis para Bukowski, para las “sucias perras hankoverianas” y para Tom “Pig Champion” Roberts (R.I.P), guitarrista de la banda de HC Punk Poison Idea, una de cuyas fotos de grupo (la que se ve aquí arriba; Pig sentado; click para verla entera) me inspiró en parte la escena para este texto.
Por cierto, que me parece intolerable esta tontería de acosar mediáticamente a cualquier persona por sus fantasías sexuales. Las fantasías sexuales son ficciones, y no hacen daño a nadie, sino todo lo contrario, siempre que todos los implicados consientan libremente en participar de ellas, claro. Lo que puede hacer daño es el exceso de cualquier cosa, de fantasía también, como le pasó a Quijote, por ejemplo.
Hay que saber diferenciar la realidad de la ficción. No siempre es fácil, pero siempre es bueno.
Ahora que Resaca Hank / Over está a punto de salir (11 de abril) y que celebran la apertura de este blog desde el suyo, renuevo el brindis.

Chinchín.

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Inertia Satanas

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Estoy sentado en una silla en el centro de la habitación con las piernas bien abiertas para que la barriga me ocupe el lugar que queda libre entre las mollas interiores de mis muslos. Llevo barba, llevo el pelo largo. Mi barba y mi pelo largo y liso como el ala de un cuervo son tan negros como mis gafas de sol. Estoy desnudo, llevo botas, medias y ligueros, todo negro como el petróleo. Sujeto el asa de una correa de cuero negro con el flanco de los cuatro dedos frontales de mi mano derecha extendidos hacia arriba, alineados y unidos, dibujando un ángulo oblicuo con el plano horizontal de la estancia, con el brazo semi-extendido hacia delante y hacia un lado, elevado lo justo para mantener a raya a las tres perras sarnosas que tengo a los pies de la tele. La correa se trifurca hasta sus tres cuellos atados, entre sus tres cuellos atados y mi mano en alto que sujeta el asa. Las tres perras sarnosas gotean a cuatro patas: son vagas y retozonas, y están sucias. Sucias.
Zazel entra y deja su bolso sobre la mesa que hay detrás de mí.
– ¿Cariño…? ¡Ya estoy en casa!
Vuelve de trabajar, como siempre.
– ¿Escribes o ves la tele?
– Veo la tele, cariño.
– ¿Qué ves?
– No sé. Ya nunca me fijo en nada.
– Las perras están sucias.
– Lo sé.
– Las perras están sucias.
– Lo sé, lo sé.
– Y las perras están sucias, pero qué buenas están.

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