Y fui. Quedé con Txapa y llegamos a la biblioteca como a las ocho menos cuarto. Mientras esperábamos en las escaleras de acceso al segundo piso, donde está el salón de actos, pasó junto a nosotros Benjamín Prado y avanzó escaleras arriba entre la multitud. Entonces me dijo Txapa: “¿Ese no es Benjamín Prado?” (Le veíamos de espaldas). Le dije que no sabía, aunque sabía que era él.
En comparación con el día anterior, el de Gamoneda, había mucha más gente joven. Algunos, como yo, con chupa de cuero y todo. También estaban Beñat Arginzoniz y compañía.
En el escenario, los poetas aguardaban y se repartían los asientos, dispuestos en forma de arco ante los atriles y micrófonos colocados al borde del escenario. Hablaban entre ellos o con la gente de la organización y parte del público, se hacían pequeñas confidencias o se sentaban cada uno en su sitio mirando al público, que mientras tanto iba tomando asiento. Txapa y yo avanzamos por la derecha y nos sentamos como en la novena o décima fila, junto al pasillo. Observé al público. Txapa me comentó que en su último día de prácticas en la biblioteca, tuvo que hacer de cicerone para un grupo de estudiantes y enseñarles entre otras cosas las pinturas del techo del salón de actos. Comentamos que la figura de Unamuno que está asomada al balcón del salón de actos parecía una caricatura televisiva, tipo gomaespuma. Seguí observando al público. No conocía a nadie.
En el escenario, mi atención se dirigió a Manuel Vilas, Chantal Maillard y Kirmen Uribe. De izquierda a derecha, según nuestro punto de vista, Vilas estaba sentado en segundo lugar, de negro, con un jersey de cremallera, abierta hasta el plexo solar, más o menos, donde terminaba, y zapatos puntiagudos; Maillard, en séptimo lugar, con media melena negra, el flequillo en corte recto sobre la frente, también de oscuro, con un libro sujetado con ambas manos sobre el regazo y un gran pañuelo al cuello que le caía por el pecho y se perdía más abajo de sus muslos; Uribe con camisa oscura, ceñida, vaqueros tirando a claros y zapatillas marrones oscuras, como de deporte británico.
Comenzó la lectura. La primera fue una poeta catalana, joven, que se presentó como embajadora de Cataluña. Error. Arrogancia inconsciente, pero arrogancia; probablemente tuvo algo que ver esa especie de cosquilleo solidario contradictorio que sienten algunas personas, generalmente jóvenes, al visitar Euskadi. Error porque además a nadie le importa de dónde seas sino la poesía que escribes. Pero nadie es perfecto, evidentemente, y en esas lides públicas, cuanto más joven, menos, me parece a mí. Como todos los que estaban allí y leerían luego, leyó muy competentemente y con soltura. Sus poemas no me dijeron nada, pero bueno, habría que leer un libro entero en lugar de escuchar cuatro poemas. Su mímica parecía destinada a expresar pensamientos profundos, bellos e importantes, pero ya digo.
Después creo que leyó Olga Novo, poeta gallega. Como en el caso de la poeta catalana, leyó primero en su lengua y después tradujo al castellano. Me gustó su primer poema, pero el segundo fue excesivamente largo, con el consiguiente aburrimiento y la protesta gestual de algún/a que otro/a poeta que aún no había leído (mirar el reloj…, comentar la jugada con el de al lado… mirada de sosegada incredulidad…) A continuación creo que leyó Xoan Bello, poeta asturiano. Tampoco me dijo gran cosa pero ídem: no se puede juzgar así.
Y resumiendo…, en cuarto o quinto lugar, no recuerdo si antes o después de Marzal, cuyos poemas o no los pillé bien o realmente son como de primer curso de lenguaje poético, leyó Vilas. Me comentó Txapa que había sido como un bofetón a los tres o cuatro anteriores, mucho más suaves y solemnes, y estuve totalmente de acuerdo.
Vilas leyó un poema a un coche que tuvo (el título era el número de la matrícula; creo que está en su libro Calor, pero no estoy 100% seguro) y a continuación “El inmaduro”. Y en fin, como comentaba antes, todos los poetas que leyeron leían muy bien, con sosiego y empaque, pero Vilas rompió algo ahí y se llevó los mayores aplausos. Los poemas de Vilas los puede entender cualquiera sin que dejen de ser poemas y son muy contemporáneos en cuanto a escenarios pero sobre todo –y esto es a lo que jamás llegan otros- en cuanto a espíritu, espíritu de la época (paso del consabido término alemán, OK?)
Benjamín Prado se aproximó al micrófono con aire de dandy socarrón y dijo con retintín: “Hola”. Leyó tres poemas. El primero, y el último (si no recuerdo mal), eran poemas más bien intertextuales, sobre todo el primero, que decía algo así como: ¿Quién decía aquello de que tal y tal y tal y tal? ¿Y quién el que en el fuego de los dioses se quemó y tal y tal y tal? Y que mentaban a Paul Celan, Eluard, etc., etc. El segundo era un poema de amor dandy, tipo: No me pidas, amor, que haga tal o cual cosa y que me encierre en la mazmorra de capitán de tus ejércitos de enanos a los que dirigiría a la escuela de la vida, tralará, tralará… Estuvo bien. Pero lo mejor fue la introducción al propio poema, que culminó con un fragmento de diálogo de los Hermanos Marx que dice más o menos así:
Señor 1 (con esposa): Oiga, señor, qué me ofrece por mi esposa.
Señor 2: Nada.
Señor 1: De acuerdo.
En resumen: Prado quedó como un tipo simpático que hizo reír al público (que también se había reído con Vilas, por la parte de coña que tiene leer un poema a tu coche en circunstancias tan pomposas y religiosas, y por su actitud poética seria pero desenfadada).
Después leyó José Fernández de la Sota. Leyó tres o cuatro poemas inéditos, no demasiado largos, de los que nos gustó un poco el primero, titulado I+D. También dijo, antes de leer, que estaban allí diez poetas para celebrar los diez años de historia de la Semana de la Poesía de Bilbao.
Bien, mientras escuchaba al resto de los poetas (porque yo soy como esas mujeres que son capaces de hacer dos cosas a la vez), observaba, como decía, principalmente, a Vilas y a Maillard, también un poco a Uribe, pero sobre todo, tengo que decirlo, a Maillard. La poeta estaba agarrada al libro en su regazo, en actitud de gran recogimiento. De vez en cuando alzaba la vista y lanzaba una mirada de esfuerzo miope al poeta o la poeta que leía. En cierto momento, aunque quizá sólo en mi mente, ocurrió que Vilas, que tenía sus dos libros en Visor entre las manos y escuchaba y miraba al público con gesto normal, digamos, inclinó la cabeza y adoptó una postura de recogimiento similar a la de Maillard, quizá para escuchar mejor la lectura de quien estaba leyendo en aquel momento o quizá para concentrarse en lo que iba leer. Entonces, Maillard, alzó la cabeza y miró casualmente a Vilas, que estaba en aquella postura de recogimiento a lo Maillard. Dos o tres segundos después, Vilas alzó la cabeza y vio que Maillard le estaba mirando. La pregunta era: ¿Había imitado Vilas el gesto de recogimiento de Maillard? ¿Era eso lo que se estaba preguntando Maillard? ¿O es que Maillard ni tan siquiera miraba a Vilas, o ni tan siquiera se miraban ninguno de los dos, sino a la persona que leía en aquel momento y que quedaba casi pero no del todo en el punto de intersección entre sus miradas?
Llegó el turno de Chantal Maillard. Se levantó con el libro en una mano y avanzó hasta el micrófono que le quedaba en frente. En medio había un atril y el micrófono le quedaba muy alto, así que intentó bajar la barra del micro por encima del atril, pero no podía bajarla. Se puso el libro bajo el brazo, retiró el atril unos centímetros y aflojó la tuerca de la barra para ponerse el micro a la altura de la boca. El proceso fue un tanto dificultoso y algunos de los poetas presentes dudaron entre levantarse a ayudarla con el micro o no, pero como Maillard lo resolvió bastante rápido, supongo, no llegaron a hacerlo. Quizá no sean las palabras textuales, pero para presentarse dijo: “Me llamo Chantal Maillard y no soy alcohólica”. A continuación dijo algo así como que una cosa es lo que eres y lo que son las cosas y otra cómo se las llama. Después dijo algo de que era “un hábito”. Yo estoy de vuelta de ciertas “provocaciones” y también de considerar el alcoholismo algo cool, pero me parece que el hecho de que una poeta de cincuenta años, en medio de toda aquella pompa y aire oficial, se presente así, hablando con esa voz entre sensual y dolida, profunda, con su acento francés y su actitud, es señal inequívoca de que los tiene bien puestos y de que se cree su película por encima de todo laurel y reconocimiento. Si a esto le añadimos –aunque esto sea cuestión de gusto o de percepción- el peso específico de su poesía, exquisitamente musical, inteligentísima pero fundada en la herida, abierta al abismo de lo real…, tenemos lo que se llama una poeta de verdad sobre el escenario, por no hablar de su maestría leyendo.
Muchas veces pienso que el estado mental propio y necesario para la poesía exige demasiado de la salud del individuo. Es decir, me pregunto si la poesía es sana y creo que no lo es. En las contadas ocasiones en que he experimentado ese estado de una manera continuada, he estado abismado y me he quedado exhausto, incluso me he puesto literalmente enfermo. Ejemplos de esto que a menudo se llama malditismo, hay muchos entre los más grandes poetas.
Chantal Maillard y su poesía me recuerdan a Robert Smith y la suya, y Maillard tiene también, como Smith, ese carisma envuelto en misterio, ligeramente “ido de la olla”, ensimismado, con un pie en el abismo, pero también consciente y dominador del espectáculo, del juego. Baudelaire decía que el poeta siempre tiene algo de comediante. No sabes hasta qué punto llega la comedia y hasta cuál la herida. Y eso me encanta.
De la lectura de Ana Rosetti no me enteré de nada. Maillard parecía estar medio pasada sentada en la silla con la cabeza caída y el pelo colgando.
Después leyó Kirmen Uribe. Leyó tres o cuatro poemas, primero uno en euskera y a continuación la traducción al castellano y así con el resto. Como nunca le había oído antes me sorprendió sobremanera su voz: atiplada, como de niño y como emocionada. También contó alguna anécdota relativa a la concesión del premio nacional de narrativa, como la reacción de los pescadores de su pueblo en el bar en el que desayuna: “Ah, sí: el premio nacional. 20.000 euros”.
Al día siguiente, entré en un bar de Casco Viejo a comprar tabaco y, mientras operaba con la máquina, estaba Uribe charlando con un par de personas. Su voz tenía un tono medio, normal. No es la primera vez que asisto a una transformación similar, pero me sorprendió mucho. Me pregunto cómo será la voz de andar por casa de Maillard.
Excelente crónica. Te has puesto las gafas de sol y el cigarrito de pega de Hunter S. Thompson… una lástima que no pudiéramos terminar la noche con una orgía de droga y alcohol, ya veía a Beñat de Johnny bailando un pogo con Benjamín Prado de Benicio en el Kubil. Por cierto, yo también me fijaba en Vilas y en Maillard, pero no viví ese momento tan intenso que has descrito muy bien. Viví otro Marzal-Maillard, que me dijo más cosas malas de Marzal que las que podíamos haber contado solo escuchándole recitar.
Bueno, yo no puedo decir lo mismo. Me fui a ensayar y fue una auténtica orgía de rock and roll, etc., y luego la seguimos por Barrenka. ¡¡¡Tenías que haber venido!!!
Me ha encantado la crónica, David, hasta ese comentario de hacer dos cosas a la vez, como se nota que no tienes que hacer 2, 3, ó 4 cosas a la vez, seguir 2 conversaciones a la vez por ejem. y responder sin equivocarte…
Y ese pensamieno de las miradas cruzadas entre M.CH. y V. y esa forma de hablar de Ella (la escribo con mayúscula) y el cambio de voz…
Muy buena crónica…
Saludos.
Gracias, Alfaro. 4 cuando sea un pequeño gran saltamontes.
Un abrazo.
Acabo de entrar en tu blog y, al leer la crónica que haces del acto, me ha dado la sensación que estaba allí. Tu prosa me gusta, a ver el resto… No me ha dado tiempo aún de conocer mucho más de tu obra. Por cierto, el viernes me encantó conocerte.
Gracias, Ana. Me dicen que soy mejor en prosa, pero algún día intentaré demostrar lo contrario.
Para mí también fue un placer.
God save Alicante.